La casa de Luis Barragán destaca por sus colores inesperados y el equilibrio entre lo moderno, lo nuevo y la búsqueda de la austeridad, casi espiritual. El arquitecto habitó este espacio desde el momento de su construcción, en 1948, hasta el año de su muerte, en 1988. En ella se rodeó de objetos cotidianos de madera maciza, piel, fibras vegetales y lana. Para los interiores trabajó junto a la diseñadora Clara Porset y juntos crearon objetos sencillos y artesanales.
Dentro de la casa hay habitaciones que tienen un aire monacal; como ocurre en el taller de la planta baja o en el vestidor. El jardín crece salvaje, entre grupos de tinajas de diferentes tamaños. En los muros hay enredaderas, jazmines blancos y clivias naranjas que parecen integrarse en la casa a través de grandes ventanales.
Por momentos, la luz aparece en las habitaciones como si fuera una caja brillante o como si estuviese tallada en los muros.
La obra de Barragán sigue siendo hoy una referencia clave para entender el diseño contemporáneo de paisajes, jardines y plazas. Los avances que consiguió con su obra resultan fundamentales, además, para entender en qué medida su influencia sigue presente en la arquitectura actual.
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